Lugares poco conocidos que no te puedes perder de las Islas Canarias

A veces se habla tanto de un sitio que parece que ya lo has visitado, aunque no hayas pisado nunca su suelo. Eso pasa con las Islas Canarias. Te suenan los nombres, has visto fotos de playas larguísimas, te imaginas un chiringuito con papas arrugadas y alguna excursión al Teide o a Timanfaya. Pero la realidad es que, si vas buscando eso y nada más, te estás perdiendo lo mejor.

Hay lugares en Canarias que no salen en los catálogos de las agencias. Algunos porque están fuera de ruta y otros porque se han cuidado tanto que casi parecen secretos. Y, sin embargo, si no los conoces, te estás llevando solo una parte pequeña de lo que ofrecen las islas. Por eso este artículo no va de lo típico. Va de lo que deberías ver si de verdad quieres volver completamente satisfecho.

 

Gran Canaria más allá de Maspalomas

Vale, sí, las dunas están bien. El paseo marítimo también. Pero una vez las has visto, ¿qué más? Gran Canaria tiene sitios que no tienen nada que ver con ese ambiente turístico, y que precisamente por eso te dejan mejor recuerdo.

Uno de ellos es el Barranco de Azuaje. Lo encuentras en el norte, en el municipio de Firgas. Es un barranco verde, con agua, con helechos enormes y caminos estrechos. No está acondicionado como un parque temático, y eso lo hace más real. Vas por senderos que parecen abandonados, aunque en realidad están muy vivos. Hay ruinas de un antiguo balneario, puentes de piedra, y si sigues el camino, te topas con una pequeña cascada. No hay ruido, solo pájaros y el sonido del agua. Es el tipo de sitio donde no esperas cruzarte con nadie.

Si te va más la costa, pero quieres evitar las zonas más saturadas, vete a la playa de Güi-Güi (sí, el nombre es así). Solo puedes llegar caminando unas dos horas desde Tasartico o por mar. Y el camino no es fácil. Pero al final te encuentras con una playa virgen, enorme, de arena oscura y agua limpia. Casi nunca hay más de diez personas. Te sientas, te bañas, y parece que estás en otro mundo.

Y si prefieres pueblos pequeños, Artenara merece la pena. Está en las alturas, rodeado de pinares, con vistas al Roque Nublo. Es el típico lugar al que llegas sin querer y no sabes por qué no lo habías oído antes. Casas cueva, comida casera sin florituras, y aire fresco. Así de sencillo.

 

Lanzarote y su lado tranquilo

Lanzarote tiene una imagen bastante marcada. Todo blanco, negro y rojo, paisajes lunares, arquitectura cuidada… Y sí, eso está, y está bien. Pero hay rincones que no encajan en esa postal y que merecen igual o más atención.

Uno de ellos es el pueblo de Haría. Es pequeño, está en el norte y tiene algo que no se ve en otros sitios de la isla: sombra. Árboles enormes, calles con encanto, pero sin pretensiones, y una plaza donde puedes tomarte algo sin que nadie te apure. Cada sábado hay mercadillo artesanal, y a diferencia de otros, aquí casi todo lo que venden es de verdad de la isla, no importado.

También puedes visitar el Charco del Palo. No es el típico sitio donde vas a sacarte selfies. Es una zona de baño natural, en la costa este, donde la gente del pueblo va a bañarse como quien va al parque. Lo curioso es que es una zona nudista, pero sin pretensiones. Nadie te obliga a nada y nadie te mira raro. El agua es cristalina y hay zonas con plataformas de piedra desde donde puedes tirarte.

Y si quieres una caminata diferente, la subida a la Caldera Blanca es de lo mejor que puedes hacer. No es tan conocida como el Parque Nacional de Timanfaya, pero tiene vistas impresionantes y el camino es accesible. Desde arriba, ves un cráter gigantesco rodeado de lava seca, y más allá, el mar. Todo en silencio. Y lo mejor: probablemente estés solo o con muy poca gente.

 

Tenerife desde otro punto de vista

Tenerife es el lugar favorito del turismo por una razón clara: lo tiene todo. Playa, montaña, carreteras buenas, comida asequible y bastante variedad de climas en una misma isla. Eso hace que mucha gente repita. Una de las cosas que destacan en Wavy Club, una empresa que se dedica a planificar vacaciones y actividades por toda la isla, es que aquí cada tipo de viajero encuentra su sitio. No es un tópico, es bastante real. Desde quienes buscan descanso hasta quienes quieren moverse cada día.

Pero más allá de lo típico, Tenerife guarda zonas que casi nadie visita, y ahí es donde tú puedes marcar la diferencia.

Empieza por el Parque Rural de Teno. Está en el noroeste y cuesta llegar, pero merece la pena. El paisaje es más húmedo, más montañoso, con acantilados, bosques y caminos que conectan con caseríos donde aún vive gente. Uno de esos caminos baja desde Teno Alto hasta el barranco de Los Carrizales. Es estrecho, verde, con tramos de sombra y vistas al mar que no tienen nada que envidiar a otras islas.

Otro sitio que muchos ignoran es el bosque de Agua García, en Tacoronte. Se accede fácil en coche y el sendero más conocido se llama “El Sendero de los Guardianes Centenarios”. Son árboles gigantes, helechos, humedad en el aire y ese olor a tierra que hace que se te olvide que estás a pocos minutos de la autopista. No hace falta ser un experto en senderismo para disfrutarlo.

 

La Palma, el silencio que impresiona

A veces se dice que La Palma es para gente que busca tranquilidad. Y puede ser. Pero no es una tranquilidad aburrida. Es de esas islas donde cada rincón parece tener su ritmo propio, como si el tiempo fuera más lento.

Uno de los sitios que más sorprende es el Bosque de Los Tilos. No porque sea grande, ni porque tenga una infraestructura increíble. Lo que llama la atención es cómo se conserva. Caminas por pasarelas de madera, te cruzas con cascadas pequeñas, y ves árboles que tapan la luz del sol. Es un bosque que no esperas encontrar en un lugar que sueles relacionar con volcanes.

Si quieres vistas sin tener que subir una montaña entera, acércate al Mirador del Time. Desde allí ves el barranco de las Angustias, la Caldera de Taburiente y parte de la costa. Hay una cafetería pequeña con terraza y no hace falta que te muevas mucho para quedarte un rato largo simplemente mirando.

 

El Hierro, otra forma de viajar

El Hierro es distinta. No hay grandes hoteles, ni avenidas, ni zonas comerciales como las de otras islas. Aquí todo va más despacio, y eso lo notas en cuanto bajas del ferry o del avión.

Uno de los sitios que más sorprende es La Maceta. Son piscinas naturales hechas entre rocas volcánicas, con escaleras y zonas para sentarte. El agua entra con fuerza desde el mar, y aunque parezca peligroso, está bien diseñado para que sea seguro. Vas, te metes, y entiendes por qué aquí no hace falta una piscina de hotel.

Otro sitio curioso es el Árbol Garoé. No es especialmente grande ni bonito, pero tiene una historia potente detrás. Se decía que de él brotaba agua, y durante años fue la fuente principal para los antiguos habitantes de la isla. Ahora está protegido y rodeado de senderos tranquilos. Es más simbólico que espectacular, pero tiene algo.

 

Fuerteventura sin arena en los zapatos

Fuerteventura es famosa por sus playas enormes, eso ya lo sabes. Pero tiene también una parte interior que casi nadie visita y que es más interesante de lo que parece.

Betancuria, por ejemplo. Es un pueblo en el centro de la isla, rodeado de montañas suaves. Parece que el tiempo se paró hace décadas. Casas bajas, una iglesia sencilla, y calles en las que puedes caminar sin cruzarte con nadie. Hay museos pequeños y restaurantes sin carta de veinte páginas. Todo tiene su lógica y su ritmo.

Otro sitio poco conocido es el barranco de las Peñitas. Está cerca de Vega de Río Palmas, y parece sacado de otro país. Rocas enormes, una pequeña ermita al final del camino, y un silencio que se nota. Puedes caminar un rato y llegar hasta un arco de piedra natural, uno de esos sitios que no salen en las guías, pero que te deja una impresión duradera.

 

Cuando te vas, lo sabes

Lo mejor de visitar las Islas Canarias por estos sitios es que te llevas una imagen muy distinta de la que tienen los que solo van al hotel y hacen dos excursiones organizadas. No es una isla, son siete (más algunas más pequeñas), y cada una tiene su carácter.

Cuando vas a los sitios menos turísticos, la gente te habla diferente, no te miran como cliente sino como persona. Hay más silencio, más tiempo para estar sin hacer nada, más posibilidades de encontrarte a ti mismo sin que suene exagerado.

Y, sobre todo, te quedas con la sensación de que has aprovechado de verdad el viaje. Porque lo que te impresiona no es lo que esperabas, sino lo que no sabías que existía. Y eso, al final, es lo que convierte una escapada en un recuerdo.

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